• Raúl Cordero Núñez

Asimilaciones

Actualizado: may 7


“¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? ¿Entre el automóvil como molestia y como conveniencia?”. Esto se preguntaba Marcuse en 1968. Y ciertamente, la izquierda política y social creía que podía. El propio Marcuse lo hizo en El hombre unidimensional, o al menos tuvo el valor de intentarlo. Hoy la posmodernidad nos deja una alternativa que se referencia en Telecinco, los vientres de alquiler, el reguetón, la individualidad en masa frente a la acción colectiva y la opinión pública frente al sentido crítico individual. Una cultura unívoca y unidimensional, apenas contestada. La alternativa ha sido asimilada en la cultura de masas como predijeron los teóricos críticos del siglo pasado. En cierto modo, la alternativa hoy es militante de la hegemonía cultural del capitalismo deseante. Un activismo en favor de los elementos que contribuyen a la dominación de las masas de tal magnitud, que una campaña electoral no parece suficiente para borrar los efectos de la ideología dominante sobre la clase trabajadora.



Una izquierda deseante que tiene estas referencias, todas ellas funcionales con el pensamiento dominante y las necesidades del capitalismo del deseo, está tan asimilada que no suma. Los votantes seremos tontos por exigir un proyecto des-asimilado, pero las organizaciones políticas tienen la responsabilidad de su asimilación. ¿Hablamos de revolución armada? Por supuesto que no. ¿Nostalgia de la modernidad? No somos nosotros los que reivindicamos la tradición (ni la de Gadamer ni la del hiyab). Pero si no tratas de responder a las preguntas esenciales (¿entretenimiento o manipulación?), eres cómplice de esta tercera posmodernidad que, como las dos primeras, parece tener su final en una crisis humanitaria.



A Billi Eillis con 17 años la prensa la acosaba por su físico, pero poco después de cumplir la edad reglamentaria para que no fuera delito, la misma prensa la proyecta sexualizada en portada. Ejercicio de empoderamiento dice el capital, digo la izquierda, digo el capital… Es difícil saber de dónde viene el sexismo de mercado. La prostitución también empodera, aunque no conozcamos ni un sólo caso de mujer millonaria que haya decidido dar el paso. Curioso empoderamiento que no acaparan los ricos. De hecho, si la prostitución empoderase la habríamos acaparado los hombres de todas clases. O esto podríamos pensar si articulásemos un nuevo pensamiento crítico. El de ahora no sirve porque en la autoridad y la tradición sólo vemos el oficio más antiguo del mundo.


Pero no seamos injustos. Si sólo tuviéramos un problema político, mañana mismo estaríamos armando sin dificultad un proyecto alternativo para ganar las elecciones. Es más profundo. Es cultural. Es una crisis de las humanidades en todos los sentidos. Cuando niñas de doce años le dicen a sus familias que les preocupa el tamaño de sus manos o de su frente, niñas de cinco y seis están ya pendientes de tener una figura delgada, y el principal validador social para los menores es tik tok; pero sobre todo, cuando realizar cualquier crítica al pensamiento dominante, con su música dominante, sus redes dominantes, sus realities dominantes, te convierte a ti en un carca conservador, el problema es mayor que el del fracaso electoral. ¿Por qué todo es regetón? ¿Por qué se reivindica desde la izquierda social la subasta de cuerpos en una isla? Gadamer lo tenía claro: tradición y autoridad. Esta es nuestra vara de medir.


Pero “si el trabajador y su jefe se divierten con los mismos programas de televisión y visitan los mismo lugares de recreo…” (Marcuse)

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que toda crítica a los formatos de entretenimiento dominantes era un pensamiento reaccionario. Empecemos a sacar la cabeza para exigir una reformulación del pensamiento crítico. Para exigir y participar de esa reformulación. No como una reivindicación nostálgica: el mundo del que veníamos no va a volver. ¡Mueran los cantautores! Tampoco desde una posición sectaria: aprovechemos las conclusiones de los debates filosóficos de la posmodernidad. Pero aunque no eres idiota por ver La isla de las tentaciones, cuestionar esos formatos es imprescindible para un proyecto alternativo; aunque yo mismo he bailado reguetón más de una vez (y no será la última), perrear más bajo no es un criterio de validación “crítico” para las mujeres. Asomemos la cabeza para reivindicarnos como sujetos no asimilados, lo que no quiere decir excluidos del mundo real, y puede que entonces, cuando seamos una mejor sociedad, más crítica, menos tradicionalista y menos permeable a la autoridad, entonces puede que la izquierda política, si está a nuestra altura, gane las elecciones.


No será posible sin una teoría crítica del deseo que redefina nuestra libertad. La libertad no es la satisfacción sin más del deseo, como dice Ayuso y el psicoanálisis queer. Puede tener que ver o no, pero no nos define como máquinas deseantes del Anti-Edipo. Ni siquiera el placer es siempre un producto del deseo consumado. Y si nuestra libertad tiene que ver con un aumento de nuestra potencia, porque Spinoza es un espíritu olvidado que queremos recuperar, entonces la libertad tiene más que ver con hacer que con consumir. Un despliegue continuo de nuestro conatus que no es sinónimo de deseo como impulso libidinal. Los deseos están mediados por nuestra facticidad y tienen que ser críticamente legitimados.



Pero ¿quienes mueven hoy la rueda dialéctica? ¿El capital y el trabajo? ¿No están hoy los sujetos más dispuestos a agruparse desde la reivindicación de elementos de vida que desde el conocimiento racional de su situación material? Articulemos también esto. Un nuevo ser-ahí que se define por una materialidad enraizada en un mundo de la vida en el que ya no hay dualismo mente-cuerpo ni razón-emoción. Porque no somos pollos sin cabeza.



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