• Raúl Cordero Núñez

El árbol del ahorcado


Desde la ventana de mi clase se veía la Cantueña, su camino de tierra subir hasta la cima, coronada por un árbol retorcido que proyectaba una rama anormalmente larga sobre el sendero. Entonces no sabíamos que de aquella rama se colgaría años más tarde el padre de H, que aparecería como negro sobre blanco aquella mañana de nochevieja en la que estaba todo nevado. Era una silueta colgante que movía el viento como a un muñeco, que destacaba a kilómetros de distancia como delante de una pantalla blanca de nieve virgen. Al final del camino se levantaban en los laterales unas pequeñas paredes de piedra, y de una de ellas, emergía atravesado el viejo árbol. El cordón policial se distribuyó en el camino, bajo las pequeñas paredes de roca, pero subiendo la Cantueña por las Tres Cuestas pudimos acercarnos al árbol con su rama anormalmente larga y el padre de H colgado. Nos acercamos reptando por la nieve, con sigilo porque el camino quedaba debajo. Vimos al hombre muerto, que seguía colgando de la rama anormalmente larga del viejo árbol. Pero pronto nos golpeó un sentimiento de realidad que no habíamos previsto, porque las aventuras siempre quieren convertirse en relatos de ficción, y decidimos tirarnos por las Tres Cuestas con los plásticos que habíamos cogido en el polígono. Trineos en una ciudad donde apenas nieva. Aquella fue la mañana de nochevieja en que estaba todo nevado. Y aquel viejo árbol todavía es hoy el árbol del ahorcado.


H vivía frente al colegio y su ventana daba a la Cantueña, como las ventanas de mi clase. Siempre me ha angustiado pensar que a lo mejor esa mañana de 31 de Diciembre H se levantó y miró por su ventana. Que pudo ver al fondo, recortada por las vallas del colegio, la Cantueña. En la Cantueña, un camino. Emergiendo del camino, un árbol. Y colgando del árbol…




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