• Raúl Cordero Núñez

El Marqués de Sade en zapatillas de marca


"...es por esto que las revoluciones no tienen nada que ver con las transgresiones".


Deleuze y Guattari, El anti-Edipo.


Dice Alicia Puleo que “la transgresión es la categoría rectora del neoliberalismo”, una especie de imperativo moral que nos empuja a romper todos los límites dando cuenta de nuestros deseos, lo que convierte a la transgresión en un mandato muy interesante para el capitalismo de hiperconsumo. La ruptura de los límites del cuerpo o del planeta, por ejemplo, articula hoy varios de los discursos y prácticas políticas hegemónicas. Existe un imperativo de la transgresión que se expresa hasta en la publicidad de zapatillas. Sin embargo, ese mandato de traspaso de los límites es esencial para mantener el consumo ilimitado en un mundo que se agota en su crisis climática. La transgresión, efectivamente, es una consigna neoliberal.


Podemos aventurar una hipótesis impopular: El Marqués de Sade es un nostálgico del cristianismo. Su idea negativa del ser humano la toma de la moral cristiana, pero en el contexto de un debilitamiento de la idea de Dios que en su época ya era evidente. Cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto”, no lo está matando él (tampoco es el primero en decirlo): constata un hecho que venía ocurriendo ya en tiempos de Sade a finales del XVIII. Pero ante ese debilitamiento de la idea de Dios caben distintas posibilidades. Algunas de carácter nihilista, como la sustitución de Dios por otro fundamento último de las cosas, o el suicidio (Camus) ante la falta de un sentido trascendente de la vida. O salidas vitalistas como las de Nietzsche y Camus: la falta de fundamento es la pequeña grieta por la que puede asomar nuestra libertad. Como decía Sartre, si Dios ha muerto todo está permitido, y eso es lo que nos convierte en sujetos morales, porque al estar todo permitido tenemos que decidir y dar cuenta de nuestras decisiones.


Esta no es la posición de Sade, que en el fondo, como decíamos más arriba, es un nostálgico de la moral de la culpa y el castigo. La reivindica para poder compararse con ella. La necesita para ser transgresor. Establece el límite como matriz del deseo.


En los relatos sadianos la violencia es una característica esencializada de la naturaleza humana. Si los libertinos se reivindican como personas libres es porque en el marco del sadismo se concibe la violencia como parte inevitable de nuestra naturaleza. El ser humano, como dicen los cristianos (y Sade), es pecador. La respuesta libertina no es la represión de esa naturaleza, sino su aceptación, dando rienda suelta a la esencia violenta y despiadada que, en ausencia de un buen pastor, nos conduce de manera inevitable hacia los bajos fondos de la depravación. Sade, como un sacerdote, reivindica el carácter fundamentalmente corruptible del ser humano.


Es ingente la cantidad de veces que los textos de Sade aluden a la “naturaleza del hombre” para justificar la violencia. “La naturaleza, nuestra madre común, siempre nos habla únicamente de nosotros mismos”...”y lo más claro que en ella reconocemos es el inmutable y sagrado consejo de que nos deleitemos sin importarnos a expensas de quien”. “La crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que la naturaleza imprime en nosotros”. “La crueldad está impresa en los animales, en quienes, como creo habéroslo dicho, las leyes de la naturaleza se leen con mucha mayor claridad que en nosotros”. Hay decenas de ejemplos más, pero lo que nos interesa es el carácter sacerdotal del argumento. Hay una actitud contra natura, que en este caso sería la virtud. Pero en cualquier caso, la apelación es a la naturaleza esencialmente egoísta y violenta del ser humano antes de pasar por el filtro de la civilización cristiana: “La crueldad no es más que la energía del hombre aún no corrompida por la civilización”. Aunque en Sade esta naturaleza esencialmente perversa es defendida y no reprimida, la misma idea de una naturaleza cruel que sólo la civilización puede disciplinar es puramente cristiana. El ser humano está marcado por el pecado original, y sólo la mano de Dios, articulada culturalmente en la civilización, puede enderezar lo que está originalmente torcido. Pero la razón por la que afirmaremos al final que Sade es un producto de la contrarreforma cristiana nos la dan Deleuze y Guattari en El anti-Edipo, y es que "la crueldad no tiene nada que ver con una violencia natural o de cualquier tipo que se encargaría de explicar la historia del hombre. La crueldad es el movimiento de la cultura que se opera en los cuerpos y se inscribe en ellos". Todo lo contrario de lo que afirma Sade.


Podemos ver otro motivo por el que Sade y el pensamiento libertino son conservadores en su carácter transgresor. La transgresión es una estrategia de tendencia reaccionaria (aunque no siempre cumpla con esa tendencia) porque necesita la norma que pretende subvertir. Da por hecho que la norma dice algo sobre nuestro deseo y que, por eso, transgredirla supone una liberación. Para que conducir a 200 km por hora sea transgresor hace falta una norma que lo impida. Además, necesitamos presuponer que deseamos masivamente hacer tal temeridad. Pero volviendo a Deleuze y Guattari, más bien parece que debemos evitar la tentación de convertir "al límite en una matriz u origen, como si lo prohibido probase que la cosa primero era deseada". Y por eso los libertinos no pueden salir de la moral de la culpa del cristianismo si la quieren transgredir. Al convertir al límite en matriz del deseo, no pueden dejar de girar alrededor de la norma (límite) que dicen querer subvertir. En “La filosofía en el tocador”, la asimilación cristiana es clara. La joven Eugénie debe participar en la tortura y muerte de su propia madre, justificada durante los seis diálogos que preceden al diálogo final por el carácter culpable de su progenitora. Eugénie es el resultado viviente del mal hacer de su madre, que debe pagar por su pecado. El proceso de iniciación de la joven es, en sí mismo, una catequesis en los valores morales y políticos del sadismo (es muy conocida la proclama del diálogo quinto contra la revolución francesa).


La recuperación del Marqués de Sade que hicieron pensadores como Bataille, o pensadores posmodernos posteriores, es coherente en la medida en que algunos de éstos, en el fondo, han terminado siendo funcionales al pensamiento conservador. Sabemos que Bataille y un grupo de libertinos planificó el asesinato real de una joven sólo por el hecho de transgredir. Pero la violencia contra las mujeres (eso lo sabemos hoy) no subvierte, sino que refuerza obviamente la norma y el sistema patriarcal. Después de todo, la culpa y la idea de una naturaleza fundamentalmente perversa ha sido parte esencial del relato conservador contra las mujeres.

La filosofía de Battaille quedó desactivada cuando la historia convirtió su extremismo transgresor y su radicalidad izquierdista-individualista en realidad en la figura del Fürer o el Caudillo. Esta “broma” de la historia evidenciaba los riesgos de la subversión totalizadora, y sus tendencias casi siempre conservadoras. El marqués de Sade, por otro lado, es el típico votante de Ayuso que defiende la corrupción porque subvierte el orden establecido. Y ese es su único criterio: la subversión. Sin preguntarse qué se subvierte y con qué fin. Como en el caso de Bataille, la historia le coloca en la derecha del tablero.


Por otro lado, resulta coherente la reivindicación del pensamiento sadiano por parte de Butler y otras pensadoras del espectro queer, en la medida en que estas ideologías se oponen a las políticas normativas. Si como sostiene Butler toda norma, además de normatizar, normaliza- establece una “matriz de inteligibilidad” sobre lo que es normal y lo que no-, entonces la alternativa no puede ser influir y transformar las normas. En las conclusiones de “El género en disputa” Butler reivindica la transgresión a través de la parodia del género como estrategia política. Su “proliferación paródica de géneros incongruentes” pretende “desestabilizar” o producir “desplazamientos” en la norma sin entrar en el juego legislativo. Pero es ciertamente difícil que la transgresión produzca un debilitamiento de la norma que pretende subvertir. Más bien termina reforzándola. Es evidente el refuerzo de las normas de género que está produciendo la hegemonía queer en todo el mundo. Igual que es necesaria una norma que impida conducir a 200 kilómetros por hora para que ese acto sea transgresor, es imprescindible reforzar el sexismo para que la performance de la masculinidad o la feminidad pueda ser entendida. Sin la norma de género que impide a hombres y mujeres desarrollarse en libertad no hay transgresión queer. Por eso nos dicen Deleuze y Guattari en “El anti-Edipo” que “las revoluciones no tienen nada que ver con las transgresiones”.


En definitiva, el marco sadiano es el del cristianismo de la contrareforma. La naturaleza fundamentalmente corruptible, la culpa, el castigo, la guía pastoral… todo esto aparece reformulado en la obra del Marqués de Sade. La erotización del castigo tiene una larga tradición. Como buen transgresor, Sade refuerza la norma que pretende subvertir, y podría calzarse hoy una de esas zapatillas de marca que tanto apelan a la superación de nuestros límites. El castigo auto-infligido como respuesta a la propia naturaleza pecadora que acepta Eugénie en “La filosofía en el tocador”, en cristiano se llama penitencia.


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