• Raúl Cordero Núñez

La ciudad de la ballena


En la ermita hay un pozo, o puede que sea al revés. Dice la leyenda local que alrededor del pozo se levantó la ermita, y alrededor de la ermita, el pueblo. Hoy el pueblo es una ciudad dormitorio que se ha quedado sin leyendas, pero todavía existen la ermita y el pozo en el que un lacayo mudo de Felipe IV bebió agua y recuperó el habla. Ya no quedan avutardas, excepto en el escudo, ni vienen reyes a cazar, pero alrededor del pozo, la ermita, y alrededor de la ermita, Parla. Porque el lacayo mudo de Felipe IV, que disfrutaba de cazar avutardas, recuperó la capacidad de parlar después de beber agua.


El director de mi colegio fue nombrado historiador oficial de la villa de Parla, pero mucho antes de eso, ya nos enseñaba a los alumnos la historia y las leyendas locales. ¿Fue un viajero que hacía el camino de Toledo a Madrid a caballo el que tiró su albarda rota a la laguna? Qué tristes los de Getafe, que como dice la canción popular, venían a pescar una ballena que en realidad era la albarda de un toledano. Hoy la laguna es un barrio de chalets adosados y un parque. En el parque se sumerge una ballena de metal gigante de la que sólo vemos la cola. La cola de la ballena nos recuerda que en una ciudad siempre conviven distintos periodos de tiempo. El urbanismo proyecta el espacio físico, pero el tiempo anterior siempre se queda de alguna manera. Antes de la cola metálica de la ballena estaban las leyendas, las canciones y ese antiguo pique con los de Getafe por ver quien pescaba la ballena en la laguna. Por eso la maestra, la señorita Amparo, cuando nos hablaba de Parla nos daba un mapa y nos contaba historias. Porque una ciudad es su tiempo y su espacio. Aunque esta pedagogía urbana pueda desesperar a un concejal de urbanismo, en las ciudades no importa tanto lo que ellos proyectan como lo que queda en la memoria de la gente. Por eso, cuando durante la burbuja se intentó que la ciudad fuera una cosa distinta, desincronizada de los tiempos de su historia, la ciudad se resistió como un animal acorralado y quebró. Porque lo urbano, la ciudad, también es cuestión de tiempo.


Por la calle San Antón se perseguía al cerdo untado en grasa en el día de San Antón. Curiosamente ha sido la última calle en hacer desaparecer sus corralones.


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