• Raúl Cordero Núñez

La identidad como mordaza


Hace más de veinte años, en una conferencia que pronunció Celia Amorós en 1997, la filósofa anunciaba tiempos de “sobrecarga identitaria”. Lo que se estaba fraguando entonces desde la década anterior, hoy es un eje central del paradigma cultural en que habitamos. También, como es lógico, de la política. Esa sobrecarga ha impregnado la acción de los movimientos sociales de corte posmoderno, hasta el punto de convertir la identidad en un debate cultural, ético, político y jurídico de primer orden. Pero con una trampa. Hemos pasado de lo personal es político a lo político es personal. Y sobre las consecuencias de esto merece la pena una reflexión que vamos a comenzar fijándonos en algún ejemplo.


Hemos pasado de lo personal es político a lo político es personal

Pocos meses antes de la crisis sanitaria, un colectivo del Sur de Madrid que trabaja desde las políticas de diversidad, convocó un acto en el que una serie de mujeres norteafricanas veladas expusieron sus ideas sobre el uso del hiyab. Pocos días después, en una reunión de un colectivo feminista invitado al evento, hubo quien planteó que quizás hubiera sido oportuno haber contado en la mesa con alguna mujer norteafricana crítica con el velo, para conocer la experiencia de estas mujeres del mismo contexto. En todo caso, como el acto ya estaba hecho, propuso convocar otro en el que, esta vez, fuesen mujeres sin velo las intervinientes. La reacción dentro del colectivo fue sorprendente. Las mujeres veladas aseguraron sentirse atacadas por la propuesta de abrir el debate a otras mujeres norteafricanas. El hiyab forma parte de su identidad y, por lo tanto, su cuestionamiento es un ataque personal. La decisión fue no permitir que mujeres norteafricanas críticas con la norma hegemónica participaran de ningún debate promovido por el colectivo. Habían pasado de lo personal es político a lo político es personal.


Lo interesante del ejemplo anterior es que nos remite a un hecho en el que el debate cultural no se enfrenta a sesgos etnocéntricos occidentales, al ser una exclusión entre mujeres del mismo contexto. Pero nos permite hacer alguna reflexión sobre el uso de la identidad y del “anhelo de reconocimiento” como una forma de censura. No obstante, el uso de la ficción de la identidad como censura no es exclusivo del debate sobre el hiyab, que hemos utilizado sólo a modo de ejemplo. Es la estrategia principal del activismo queer, por ejemplo, para impedir debates sobre la jerarquía sexual masculina, o de la extrema derecha católica, que hace pocos días ha conseguido una sentencia favorable a la censura por una ofensa a los sentimientos religiosos.


Pero me interesa el ejemplo primero porque el colectivo en cuestión no tiene la percepción de ser el espacio reaccionario que de hecho es, y se auto-incluye en los colectivos que defienden la diversidad aunque, de hecho, al excluir a las mujeres disidentes del hiyab, la niegan. El contexto norteafricano es diverso. Considerar que la cultura norteafricana es una totalidad homogénea y estática, que sólo representan una serie de mujeres y no otras, es contrafáctico. De todos modos, independientemente de la opinión de cada quien sobre cada uno de los temas, el objetivo de este artículo es reflexionar sobre si una ficción como la identidad, convertida en categoría política, puede legitimar la censura.


Con carácter previo, podríamos exigir que aquellos que defienden la existencia de la identidad, lo justifiquen. Decir que tenemos una identidad es algo que merece una explicación. ¿Qué es la identidad? Quien afirme su existencia debería delimitar bien el sentido de este concepto para poder debatirlo, porque lo contrario nos lleva a la necesidad de movernos en terrenos cercanos a los de la fe. El debate en estos términos se complica y es fácil caer en sectarismos de distinto tipo.


podríamos exigir que aquellos que defienden la existencia de la identidad, lo justifiquen. Decir que tenemos una identidad es algo que merece una explicación. ¿Qué es la identidad?

Pero incluso si aceptáramos la ficción constitutiva de la identidad (decir que existe la identidad ya es presuponer mucho), tendríamos que admitir que la reivindicación de su reconocimiento no debería general inmunidades. Es decir, no es aceptable poder reivindicar cualquier identidad. Al menos no lo es la exigencia de su reconocimiento por parte de los demás. En el caso más extremo, tenemos la defensa de la pedofilia como una disidencia sexual. Pero sin ánimo de frivolizar, este ejemplo debe servirnos, en todo caso, para asumir que el concepto identidad merece un debate.


Sin embargo, un determinado uso estratégico impone la identidad como un elemento plenamente autolegitimado y autodefinido, al que podemos añadir cualquier idea o preferencia para hacerla intocable. Este dispositivo genera exclusiones, pero sobre todo permite un uso coactivo y limitador de la libertad de expresión. ¿Cómo funciona este dispositivo identitario?


Convertir en identidad los elementos de mi ideología, mi religión, o mi cultura, impone una mordaza que limita de forma ilegítima la libertad de expresión de los otros.

Si la persona que está leyendo este texto disiente de algún argumento del mismo, se sentirá facultada para expresar su crítica a las ideas que estoy exponiendo aquí. La libertad de expresión ampara el debate de las ideas, aunque sabemos que pone algunos límites. Por ejemplo, no podría rebasar la línea que separa la crítica de las ideas de la dignidad de mi persona. Pero, ¿qué pasa si yo convierto una parte de mis ideas en mi identidad? ¿Qué estará haciendo el lector que cuestione aquellas ideas que he incorporado a mi bagaje identitario? Lo que ocurre en este caso es que yo puedo censurar la crítica porque si se cuestiona mi identidad, se habrá rebasado la línea que separa esa crítica de las ideas de la dignidad de mi persona. Convertir en identidad los elementos de mi ideología, mi religión, o mi cultura, impone una mordaza que limita de forma ilegítima la libertad de expresión de los otros.


Cuando las mujeres veladas dicen estar siendo atacadas si se deja hablar a mujeres del mismo contexto que no llevan velo, están imponiendo a sus compañeras una censura ilegítima, que se apoya en el uso de la identidad como mordaza. Ni llevar velo ni dejar de llevarlo es una cuestión identitaria. Tiene que ver con ideas, ideologías y cuestiones religiosas y culturales que pueden legítimamente someterse al debate público, sobre todo entre las implicadas del mismo contexto. Pero si convertimos nuestra posición política en una identidad, amparándonos en los límites a la libertad de expresión que impiden cuestionar la identidad de las personas, estaremos cercenando el debate democrático. Esto es ilegítimo.


Una cosa parecida hace VOX cuando reivindica una determinada definición de España como eje identitario. Si una determinada “españolidad” forma parte de la identidad de millones de personas, entonces el debate sobre esa definición de España es un ataque. Por eso, desde su punto de vista, el gobierno de coalición es un gobierno golpista. Se le supone ilegítimo porque sus políticas cuestionan un ideario que ha sido incorporado por muchos a su identidad, y por lo tanto deja de ser político para ser tiránico. Las políticas del gobierno, en la medida en que abordan cuestiones ancladas en la identidad de los votantes de VOX, sobrepasan el límite de lo que es democráticamente legítimo, y que debe circunscribirse a los temas de debate público, no a la esfera de la identidad, que es privada. Esta es la trampa de la identidad y la razón de su falta de legitimidad.


Cuidado con esto, porque VOX no es un partido fascista sino posmoderno. Una extrema derecha posmoderna que, como en el caso de Trump, se levanta sobre la post-verdad y sobre todos los certificados de defunción de la posmodernidad: el fin de los relatos, el fin de la historia, el fin de los sujetos… sustituidos por un entramado identitario.


Hoy declara Lidia Falcón acusada de un delito de odio. Más allá de las posiciones de cada cual sobre el pensamiento de Falcón, en su acusación se da una vuelta de tuerca más al uso ilegítimo de la identidad, y se sientan precedentes peligrosos. Lo digo por el hecho de que la acusación proceda de una institución pública. Si el delito de odio, que debía protegernos a los individuos de la acción de los grupos, pueden utilizarlo los grupos, en este caso el poder político, contra los individuos, entonces ¿qué defensa nos queda a la ciudadanía frente al poder? Quizás este uso perverso del delito de odio merezca otro artículo, pero debería motivar nuestra preocupación. Insisto, independientemente del caso concreto, porque mañana puede armarse una acusación contra cualquier otra persona por cualquier otro motivo.


Termino después del excursus anterior. Es legítimo debatir la normativa, porque siempre es política, aunque se normalice a través de la cultura. Las normas vestimentarias no son una excepción. Prendas segregadoras pueden imponerse a través de la cultura o de apelaciones a la tradición, pero no por eso dejan de ser políticas para convertirse en identitarias. Tanto el uso del hiyab como la tiranía occidental de la talla 38 que denunció Fatima Mernissi, nos conducen a debates éticos y políticos en los que el valor de la cultura es evidente. Pero no por entrar en juego lo cultural se convierte en aceptable ninguna reivindicación de identidad sobre las tallas de pantalones. Tampoco sobre el velo. Porque lo personal es político, pero lo político no es personal.


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