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  • Foto del escritorRaúl Cordero Núñez

Más allá del 23J



Si el fascismo es peligroso se debe a su potencia micropolítica o molecular, puesto que es un movimiento de masas: un cuerpo canceroso, antes que un organismo totalitario.


Deleuze y Guattari.



Después del ciclo electoral que termina (municipales, autonómicas y generales), después de los sustos y alivios de esta última convocatoria en particular, a la izquierda se nos plantea un reto que no puede resolverse sólo en el corto plazo. Aunque parece que nunca es buen momento para mirar más allá de pasado mañana, porque vivimos un momento de emergencia permanente, ya no es posible seguir sin enfrentar algunas preguntas clave para un proyecto que, precisamente, termine con este estado de sobresalto continuo y nos permita articular un cambio social radical, en el mejor sentido, contra el capitalismo del deseo. Y para eso no podemos seguir eludiendo las preguntas fundamentales, evitando necesariamente las respuestas simplistas acerca del impacto que tiene la derecha entre la clase trabajadora. Para esa izquierda que piensa que la gente es tonta sólo queda su desaparición progresiva. El futuro requiere desentrañar las dinámicas de adhesión política en una sociedad despolitizada.


La primera cuestión la plantean Deleuze y Guattari en su magnífico texto Micropolítica y segmentariedad, En “Mil mesetas”: “Nada mejor que el microfascismo para dar respuesta a la pregunta global: ¿por qué el deseo desea su propia represión, cómo puede desear su represión?”. Algo parecido planteó Spinoza cuando advertía de la defensa del autoritarismo monárquico como si se tratara de nuestra propia libertad; o Marx y Lukacs con los conceptos de fetichismo y reificación. La cuestión es que mucha gente vota, aparentemente, en contra de sus intereses, y esto implica que la información, el desmantelamiento de los bulos, o la verdad en sí misma, juegan un papel secundario. ¿O es al revés? ¿Es el contexto de la post-verdad el que permite ese juego contra natura del voto trabajador a la derecha? La cuestión es que, en este tema, no hay un derecho y un revés. En el nivel macro, una situación de debilidad en las estructuras de intermediación social que aportaban certezas o, al menos, una mínima seguridad, precipita la política hacia un batiburrillo de consignas equivalentes: ya no importa la verdad, sino el discurso que puede encajarse en el entramado psicosocial del que uno forma parte. Pero en el nivel micro se decide esa pertenencia psicosocial. Y es ahí donde la derecha ha sabido dar la pelea estas últimas décadas.


Para entender el concepto de cultura es importante aparcar temporalmente el binomio individual-colectivo y puede ser útil adoptar este otro de molecular-molar que nos ofrecen Deleuze y Guattari. Lo molecular no es exactamente lo individual, frente a una designación molar de lo colectivo. Más bien se trata de la diferencia entre lo ya delimitado, definido, predeterminado y jerarquizado (molar) y lo desterritorializado, abierto, no organizado de antemano (molecular). El ejemplo que encontramos en Mil mesetas es muy aclaratorio. Las masas serían una unidad molecular mientras las clases sociales serían las unidades molares. En el primer caso (las masas) no es necesario ningún tipo de criterio homogeneizador; en el segundo (las clases) tiene que haberse aplicado algún criterio que permita subsumir la individualidad bajo ese paraguas molar. Incluso cuando hablamos del mismo colectivo, su visión molecular tendría que ver con su composición heterogénea, diversa, incluso divergente (no todos los miembros del colectivo tienen la misma composición de intereses), mientras la visión molar implica haber aplicado ya alguna figura compositiva u organizativa (el sexo, la clase, la raza, etc).


Ojo a lo siguiente: mientras la izquierda trata de conseguir el apoyo molar (de la clase, por ejemplo, o de Las Mujeres con mayúscula), la derecha ha trabajado en el nivel de la cultura de masas, en lo molecular, donde no hace falta una convergencia de intereses, donde se borran las jerarquías, donde el empleado y el empresario pueden bailar la misma canción de reguetón (y por qué no, votar al mismo partido). No se trata de un nivel individual exactamente, sino de un nivel desterritorializado, sin códigos predefinidos aparentes. O mejor dicho, se trata, precisamente, de descodificar todo lo posible. Y en este nivel molar, la cultura neoliberal se ha impuesto sembrando una forma de individualidad que sirve para la adhesión política que esa derecha, cada vez más radical, necesita.


La cita que encabeza este texto contiene una afirmación interesante: el fascismo no es totalitario sino canceroso; no empieza por el asalto al Estado sino a la mente de los individuos; se propaga primero en las democracias, sin necesidad de los aparatos del Estado; es antes un compromiso cultural de las masas que del Estado Mayor del Ejército. Porque no necesita una gran totalización previa, sino, al contrario, una descomposición, una fragmentación suficiente como para que cada elemento molecular esté lo suficientemente aislado e impedido para una composición molar estable. Es aquí cuando el fascismo echa sus redes y pesca en las aguas de la clase trabajadora. No puede imponerse desde arriba. Necesita haberse fraguado suficientemente desde abajo.


Pero si esto es así, entonces hay dos cuestiones de proyecto que se vuelven urgentes, aunque deben servir para obtener un crédito político a medio y largo plazo: la necesidad de nodos de proximidad heterogéneos (moleculares: culturales, locales, vecinales, artísticos…) y la necesidad de configurar una alternativa a la actual cultura de masas, con estructuras molares que sirvan para la articulación de una nueva cultura. Porque, y en esto se nota la lectura fallida que el movimiento autonomista y la izquierda wok han hecho de Deleuze, “las fugas y los movimientos moleculares no serían nada si no volvieran a pasar por las grandes organizaciones molares, y no modificasen sus segmentos, sus distribuciones binarias de sexos, de clases, de partidos”. Frente a aquella consigna mal-pretendidamente deleuziana de la huelga sin sindicatos, por ejemplo, la propuesta de Deleuze requiere que el decantado de esa molecularidad se vierta en las organizaciones. Abandonar el deleuzianismo para volver a Deleuze.


Aquí se la juega Sumar, pero también el PSOE. El primero porque no está claro que se hayan tomado en serio el reto que finiquitó a PODEMOS: la falta de implantación molecular (a pesar de los muchos, y malos, lectores de Deleuze que tenía esa organización). Esta sospecha tiene que ver con el arrinconamiento perpetrado contra IU en las listas electorales, a pesar de ser la única organización de su coalición verdaderamente implantada localmente en toda España. En el caso del PSOE, porque tiene que interiorizar que es lo molecular lo que decanta en lo molar, y no al revés. Si algo nos ha enseñado el fascismo contemporáneo es que ni todo el poder institucional local del país puede permear en los individuos de la misma manera que la cultura de masas. Con una montaña de concejalías y alcaldías, el PSOE tiene hoy más dificultades para llegar culturalmente a las masas que PP y VOX, que sólo tienen que recoger lo que se ha ido fraguando en ese nivel molecular de la cultura neoliberal, y también su desencanto. Por eso, ya está bien de tirar de la correa de los movimientos sociales y vecinales de los municipios desde la institución. Aunque les asuste, en el PSOE tienen que aflojar y dejar que los movimientos locales se desarrollen con independencia, incluso si sólo piensan en su futuro como partido.


Terminamos con una sugerencia que parece obvia, pero no lo es. Un error que ha mantenido atascada a la izquierda en las últimas décadas y tiene que ver con la manera de abordar la llamada batalla cultural. La perogrullada es la siguiente: la batalla cultural hay que darla, fundamentalmente… en la cultura. Si Isabel Diaz Ayuso se ha convertido en un icono POP es porque ha sabido coser significados flotantes que ya existían. Se ha convertido en el significante de una serie de significados que ya ha creado la cultura. No se dedica a modificar ella misma lo cultural, sino a recoger los beneficios de la cultura neoliberal. Y además, en el nivel molar, crea las condiciones institucionales para su propagación. La izquierda se equivoca cuando quiere dar la batalla cultural desde sus políticos (con memes de superhéroes de Marvel, por ejemplo). Resolver esta perogrullada- que la batalla cultural es una batalla cultural-, es la primera resolución práctica. Aunque sólo sea contra la vergüenza ajena.


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