• Raúl Cordero Núñez

Plusvalías de género

Actualizado: jul 16


En el patriarcado la estrategia para la aceptación de nuestro lugar en el orden jerárquico es el género. La masculinidad hegemónica y la feminidad enfatizada son la manera en que se nos normaliza a hombres y mujeres. A través de los géneros ocupamos “voluntariamente” el lugar que previamente se nos ha asignado en la jerarquía sexual, lo que ya he explicado en este otro artículo al que os remito: Masculinidad y violencia machista. Esta construcción genérica es diferenciada y da lugar a una masculinidad hegemónica y una feminidad enfatizada que se construyen en relación jerárquica, y que se expresan de maneras distintas en diferentes contextos culturales e históricos. Es decir, el patriarcado es un sistema dinámico de privilegios y desigualdades. Cambia con el tiempo y se expresa de distintas maneras en cada contexto sociocultural concreto. Si esto es así, si la desigualdad es dinámica, entonces analizar su morfogénesis requerirá de la actualización de nuestras herramientas de análisis, de manera que podamos atender, no sólo a la forma concreta que adoptan los privilegios, sino a su proceso morfogenético, a sus condiciones de formación.


Beatriz Ranea ha utilizado el concepto de plusvalía acuñado por Dona Haraway para explicar los beneficios de la masculinidad. La plusvalía de género sería “el dividendo patriarcal que obtienen los hombres de la posición de subalternidad de las mujeres” (Desarmar la masculinidad, 2021). La masculinidad hegemónica se define, también en términos de Ranea, como aquella cuyas prácticas no sólo sirven para el beneficio masculino, sino que, además, contribuyen al mantenimiento del orden jerárquico patriarcal. Todos los varones socializamos en esta masculinidad, aunque diversas razones nos pueden situar en otras masculinidades menos “beneficiosas”, que en realidad son la misma masculinidad en distinto grado. La feminidad enfatizada, o hiperfeminidad, es aquella “que busca satisfacer al hombre y se adapta a la organización del poder masculino” (Ranea, 2021). Es la feminidad que performa, por ejemplo, Samantha Hudson, lo que nos conduce a la pregunta central de este texto: ¿El transgenerismo queer provoca desestabilizaciones en la jerarquía patriarcal o la reproduce? Y si la reproduce, ¿podemos considerar la performance de la feminidad enfatizada un privilegio masculino? O dicho de otra manera, ¿puede un hombre trans ocupar la masculinidad hegemónica de la misma manera que Iván González ocupa la feminidad enfatizada permormando a Samantha Hudson? Porque si no es de ida y vuelta, si el estatus hegemónico sólo es alcanzable a través de una de las performatividades, entonces estamos ante un privilegio.


Me gustaría tantear una hipótesis que denomino capital genérico y que se enuncia de esta manera: los hombres, gracias a la extracción de las plusvalías de género, realizamos un proceso de acumulación originaria de capital genérico. La novedad que me gustaría introducir, con la intención de ampliar nuestras herramientas de análisis morfogenético, es el concepto capital genérico, y su derivada como proceso de acumulación originaria. Esta hipótesis, aplicada tanto al patriarcado como al transgenerismo queer, nos tiene que permitir responder a la pregunta que realizamos más arriba: ¿el transgenerismo queer produce desplazamientos y desestabilizaciones en la jerarquía patriarcal? ¿o más bien reproduce la jerarquía?


Podemos definir capital genérico como la acumulación de beneficios y ventajas obtenidas por los hombres como consecuencia de la subordinación de las mujeres en el sistema sexo-género. Se trata de un “dividendo” acumulable que puede “gastarse”, o bien para legitimar conductas y reducir las posibles consecuencias punibles del ejercicio de la masculinidad, o bien para obtener situaciones de ventaja con respecto a las mujeres, es decir, como privilegio. Este capital es imprescindible para el ejercicio de la masculinidad hegemónica, puesto que el ejercicio de dicha masculinidad siempre se realiza en tensión con otros hombres y con los límites que el feminismo ha introducido en las sociedades modernas. Es necesario un cierto crédito en forma de capital genérico para ser un hombre. Los hombres extraemos la plusvalía de género en el sistema sexo-género patriarcal en cada uno de los ámbitos de desigualdad y la acumulamos como capital genérico. Es decir, nuestra posición en la jerarquía, nuestra masculinidad como estatus, genera un capital acumulativo. Este capital, material y simbólico, puede ser gastado con posterioridad de muchas maneras, todas ellas impensables para las mujeres. Por ejemplo, las lógicas y creencias sobre la masculinidad y la feminidad pueden utilizarse como crédito para legitimar prácticas de violencia contra mujeres u otros hombres (vease mi artículo https://www.raulcordero.com/post/masculinidad-y-violencia-machista). En este ejemplo, las plusvalías que generan las lógicas y creencias patriarcales, diferenciadas para hombres y mujeres, pueden ser utilizadas como eximentes o legitimadoras de la actitud violenta, o bien para reducir el daño reputacional de dichas conductas. El caso de la brecha salarial es, quizás, un ejemplo más claro, porque aquí la plusvalía de género se traduce en plusvalía económica. Esa plusvalía de género de un 25% del salario puede ser acumulada por los hombres, no por las mujeres a las que se les hurta este 25%. Y ese capital genérico, consecuencia de la subordinación de las mujeres en el sistema sexo-género, que en este caso es también dinerario, puede gastarse o utilizarse como crédito.


Lo que me parece más productivo de esta hipótesis es que nos aporta un marco de análisis dinámico. La sociedad cambia y lo que hoy definimos como prácticas emancipatorias pueden convertirse en privilegios en el futuro. Esto no es nuevo. Buena parte de las prácticas consideradas liberadoras de la sexualidad femenina en los años 60 y 70 se han convertido en privilegios masculinos. Si nos centráramos en los privilegios masculinos de manera directa, en cada práctica concreta, como se hace habitualmente, podríamos no ver estos cambios de valor. La hipótesis del capital genérico nos permite analizar cada práctica como consecuencia de un uso del capital material y simbólico que los individuos poseemos. Y es desde este análisis de la práctica como concreción del “gasto” del capital genérico acumulado como podemos analizar de forma dinámica lo que es dinámico. Una práctica con carga de género no tiene sentido por sí misma, sino como gasto de capital genérico. Si el género es dinámico y cambia, entonces su análisis puede enfocarse como el análisis de un proceso morfogenético, en términos deleuzianos. Tan importante sería la forma concreta que adopta la desigualdad y el privilegio como sus condiciones de formación, su genética social e individual, molar y molecular si queremos mantenernos en Deleuze.


En resumen: la subordinación de las mujeres produce unas plusvalías de género que los varones podemos acumular como capital genérico y gastar en forma de privilegio masculino. Pero también en el trangénero. El 90% de las personas trans son chicas que transicionan a hombres o que performan hombres. Sin embargo, el capital mediático, político y cultural parecen acapararlo mujeres transgénero, es decir, hombres que performan mujeres hipersexualizadas. Apenas hay referentes públicos del colectivo trans que sean, o bien mujeres transexuales (realidad muy diferente a la del transgénero), o bien hombres trans (transexuales y transgénero). ¿A qué se debe este borrado? Por otro lado, una duda razonable, a la luz de los tuits misóginos y pedófilos de Samantha Hudson, es si en el caso de ser una mujer o un hombre trans el que se hubiera despachado con tuits parecidos hubiera corrido la misma suerte. En los últimos días, Samantha Hudson ha incrementado su número de seguidores. Parece que, lejos de ser cancelada, su performance ha sido reforzada. ¿Pueden las mujeres y los hombres trans performar un personaje similar? En última instancia, la cuestión principal de este texto es el planteamiento de la performance queer de la feminidad enfatizada como un privilegio masculino Si entendemos que el patriarcado es dinámico tenemos que estar abiertos a ver como privilegios elementos que en otros momentos o contextos no lo eran. Porque la morfogénesis de los privilegios es dinámica, es decir, el sistema de privilegios se concreta de manera diferente en cada momento histórico.





La falta de capital político de mujeres y hombres trans dentro del activismo queer requiere una reflexión. Dentro del transgenerismo queer se establece una jerarquía intra-transgenérica. Los varones podemos acumular capital genérico y gastarlo en forma de feminidad enfatizada, como hace Samantha Hudson performando a una mujer cosificada, pero una mujer que transiciona a hombre no puede ejercer la masculinidad hegemónica. Aunque ambos rompen con los mandatos de la heterosexualidad obligatoria, el hombre ha podido disfrutar de las plusvalías extraídas a las mujeres en el sistema patriarcal. Por ejemplo, un baño público de mujeres será un espacio seguro para una mujer transgénero, pero un baño masculino no lo será para un hombre trans. La mujer no ha tenido ocasión de realizar esa acumulación originaria de capital genérico. Por eso el hombre trans permanece oculto y fuera de nuestros imaginarios, aunque representa el 90% del colectivo. El generismo queer no es de doble sentido, y las legislaciones derivadas tampoco: cumplir condena en la cárcel que coincide con tu sexo sentido para los hombres trans supone una pérdida radical de derechos, porque como mujeres biológicas no pudieron acumular el capital genérico desde la plusvalía que genera la desigualdad física.


Pero, además, estos procesos de acumulación de capital genérico son disponibles de manera diferenciada para transexuales y transgénero. En el caso de las mujeres transexuales, si su disforia fue temprana, probablemente nunca se produjo un acoplamiento completo en el estatus masculino, lo que distorsionó la posibilidad de extraer todo el potencial genérico en forma de plusvalía. Una mujer transgénero, sin embargo, pudo acumular capital genérico durante décadas desde su estatus varonil, lo que la sitúa jerarquicamente por encima de la mujer transexual. Podrá también acumular y gastar un capital genérico que la persona transexual no tiene. Por ejemplo, pensemos en los casos tantas veces citados en prensa sobre “la primera mujer transgenero que ocupa una cátedra, o que es CEO en una multinacional”. Estos casos tienen como elemento común que la mujer transgénero accedió a la cátedra o a la dirección de la multinacional antes de su transición. Es decir, pudo gastar su capital genérico, desde su posición de varón, en romper los techos de cristal que las mujeres y las personas transexuales no pueden romper al no disponer de ese capital. Una vez arriba, pudo cambiar su condición de varón por una condición transgénero. Pero las mujeres transexuales, y no digamos los hombres trans, no disponen de ese capital acumulado para llegar a la cátedra. Al menos, hoy no hay casos similares en personas transexuales. Todos los casos citados son de mujeres transgénero que realizaron su logro siendo varones.


De manera que tenemos una jerarquía en forma de pirámide en la que están, por encima de todo, las mujeres transgénero, debajo de estas las mujeres transexuales, y en la base de la jerarquía los hombres trans (transexuales y transgénero). Una pirámide que puede dibujarse a partir de la diferencia de capital genérico potencialmente acumulable.





De este modo, además de la jerarquía hombre-mujer, podemos ver como la diferencia de acceso a las plusvalías de género reproduce la jerarquía patriarcal dentro del espectro trans. Las mujeres trans tienen más capital genérico que los hombres trans, y dentro de las mujeres trans, las transgénero más que las transexuales. El transgenerismo queer, por tanto, no desestabiliza ni desplaza la jerarquía patriarcal, sino que la reproduce desde su base: desde la posibilidad diferenciada de extraer plusvalías y acumular capital genérico.


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