• Raúl Cordero Núñez

Sonita Alizadeh, rabia contra el Talibán


La semana pasada fue el previo al festival de Eurovisión celebrado en Benidorm, lo que me ha recordado un hito musical muy personal. Mi debut como guitarrista en el verano de 1996 coincidió con el día en que Jesulín de Ubrique hacía lo propio en dicho festival. Afortunadamente para todos fue el inicio de dos carreras musicales cortas, pero inevitablemente ligadas al Festival de Benidorm (cada una a su manera). Qué le vamos a hacer. Se ha generado mucho ruido en redes, como ocurre con casi cualquier cosa irrelevante. Tanto que acompleja un poco sacar la cabeza para hablar de una música bastante ajena a estos formatos televisivos. Parecería que no hay nada al margen de los debates culturales que impone la parrilla de los grandes medios de comunicación de masas. Pero han pasado otras cosas en la escena musical reciente: Sonita Alizadeh ha sacado su primer disco (2021) y vamos a darle una vuelta porque nos ha encantado.


Alizadeh es una cantante afgana que, tras ser vendida dos veces por su familia, huyó a Irán, donde empezó a expresarse a través del hip-hop. En verano de 2021 apareció en las plataformas su primer álbum, “Daughters for sale”, un ejemplo de integración entre los códigos clásicos del hip-hop y las nuevas actitudes de la escena. Porque una clave para entender el disco es que su producción tiene un encanto clásico indudable. Más tarde haremos alguna reseña de los temas del disco donde lo veremos con más detalle. Pero a la vez, sobre todo por la voz de Alizadeh, se trata de un trabajo radicalmente contemporáneo. En “Daughters for sale” no se confronta lo viejo contra lo nuevo, y esa es su mejor carta. Por eso es rompedor.


Quizás la razón de esa huida de la dicotomía entre tradición y novedad se deba a que Sonita, y muchas otras mujeres de su contexto, han tenido que enfrentar problemas reales que colocan de frente otras contradicciones principales. ¿Puede ser que la contradicción generacional contemporánea entre lo nuevo y lo rancio sea un privilegio de la clase media del primer mundo? En cualquier caso, en este primer trabajo tenemos un empaste perfecto entre las fórmulas clásicas de producción de hip-hop de batalla, sonidos de la tradición del medio oriente y actitudes contemporáneas. Una patada popular contra la música de masas.


Mientras tanto, en occidente estamos atrapados por una pinza formada por dos elementos reaccionarios. Por un lado, el imperativo de la afirmación. Debemos afirmar todo lo que produce el mercado y sus dispositivos de masas para no ser cancelados por “neo-rancios” (concepto acuñado por un grupo de perezosos culturales). Por otro lado, la tentación de la transgresión y el experimento. Pero ya nos advertía Adorno de los riesgos de esto último. El experimento- concepto incorporado a la estética desde la ciencia-, degrada las obras concretas porque termina siendo un ejercicio taxonómico. Cada experimento termina siendo un nuevo género, lo que convierte a su única obra en un simple ejemplo de escuela. Por eso es interesante la ruptura de Sonita Alizadeh. No trata de romper ni de afirmar, y por eso el resultado es una voz propia que no se quedará en anécdota.


Tampoco es anecdótica su insumisión respecto a lo que Tasia Aranguez ha llamado “peaje sexual”. Parecería que en el hip-hop las mujeres tuvieran que pagar, o bien el peaje de la hipersexualización, o bien asumir las estéticas de la estereotipia masculina. Hay sobrados ejemplos de esto. La bitch o la gansta. El peaje de Iggy Azalea, por un lado, o el de Eve, por otro. Y que conste que esto no supone por mi parte ninguna cancelación. Sigo pensando que “Scorpion” de Eve (2001) es el mejor disco de hip-hop de lo que va de siglo. Pero Eve tuvo que pagar el peaje gangsta y asumir la estética masculina. No parece que Sonita Alizadeh esté en el mismo trance, por razones de contexto o de cualquier otro tipo. Y esto también refresca un género demasiado sobrecargado de estereotipos norteamericanos para afirmar la masculinidad hegemónica.


El single de presentación del álbum, que corresponde con el track número cinco (en el orden de Spotify), lleva su mismo título: Daughters for Sale. El tema empieza con un susurro de Alizadeh que da paso a un ataque vocal lleno de rabia sobre una base sencilla de hip-hop. A la base se le suma una línea melódica de violines. El contraste entre la melodía y la agresividad de la voz se anuncia desde el principio en el susurro inicial. Las notas de piano en los puentes entre el estribillo y las estrofas contribuyen al mismo contraste: un fondo musical triste sobre el que discrepa una voz (doblada además) que se sobrepone a la tristeza desde la rabia. La actitud de Sonita no es derrotista. Todo lo contrario, supera el efecto desolador de su contexto, expresado por la melancolía del violín y el piano (contexto musical), elevando la voz (individualidad). Así empieza la letra de las estrofas precisamente, defendiendo el grito. Rabia contra tristeza. Militancia contra el derrotismo.


Efectos muy parecidos los vemos en otro de los temas con más contraste, Farkhundeh. Al igual que en el single, en este track el contraste lo produce la voz agresiva de Sonita contra el fondo melancólico de los sintetizadores y los violines. También en este caso la voz está doblada, generando una extraña sensación coral en el fraseo que, en realidad, está rapeando Sonita en solitario. Los detalles de piano con delay son, además, un viaje al pasado del hip-hop europeo. Aparecen en distintos temas del disco. No recurren al recurso del delay pre-fader, que de tanto uso noventero terminó quemándose, pero de manera más sutil generan el mismo efecto.


En Child labor vamos a encontrarnos elementos parecidos a los apuntados más arriba junto con un estribillo melódico cantado por Alizadeh. No se prodiga mucho en el disco con recursos vocales melódicos, aunque su forma de rapear tiene a veces momentos no del todo lineales. Es una voz rabiosa pero elástica, que se desliza a lo melódico sin llegar a serlo.


Entekhabat es un juego mucho más electrónico, en el que el contraste lo tenemos en un carácter más orgánico de la base de batería y en la línea de bajo. Es una electrónica más sutil que la que encontramos en algunos otros temas, en los que se opta por leads de sintetizador más clásicos, casi ochenteros. En este caso se trata de sintes percusivos al principio del tema que van aportando detalles a un pad de fondo bastante minimalista. Y como siempre, lo mejor del track es la voz de Alizadeh y su rabia contenida. En los temas que no han aparecido como single no tenemos video en Youtube con subtítulos en inglés, por lo que no podemos acceder a la letra si no conocemos el idioma de la cantante. Pero esto no es un impedimento para disfrutar la música y la voz. A fin de cuentas, a popes como Snoop Dog tampoco hay quien los entienda y ahí están. Y a otros como 50 Cent sería mejor no entenderlos.


Pooch es un track con influencias dancehall, pero sin dejarse asimilar por los códigos que la música de masas ha escogido de este estilo jamaicano hasta darles un carácter normativo. Personalmente, es uno de los temas que más me gustan del disco. El uso que hace Sonita de los elementos rítmicos de este estilo, que es la base del reguetón, es mucho más interesante que el uso de la cultura pop. Aquí no parece que el dembow esté normativamente impuesto como en la mayoría de la música pop contemporánea. Más bien parece un juego. Está ahí, pero podría no estar, no hay una postura seria con respecto al ritmo. Frente a la reguetoneidad obligatoria, aquí el dembow es un juego que no puedes tomarte tan en serio.


También es un disco con algunas debilidades. Tiene sus carencias. En general, creo que el uso de los sintetizadores es bastante mejorable. Los sonidos están muy poco tratados y en las raras ocasiones en los que se los coloca en el centro nos sacan un poco de la escucha. La mezcla no es del todo fina, y no siempre aprovecha la fuerza que algunos temas apuntan. De todos modos, tengo mucha curiosidad por conocer los medios con los que Sonita ha producido este disco. Además, para un discurso musical como el de Alizadeh tampoco sería deseable ningún preciosismo en las técnicas de producción.


Daughters for Sale es un disco sencillo que es un acierto. Los contrastes entre lo atmosférico y lírico de las bases con la agresividad de la letra son seguramente el sello personal más interesante. Y no por ser un recurso nuevo. Precisamente supone un rescate de viejos códigos del hip-hop de batalla. Unos códigos que no tienen hueco en el pop-hop de la cultura de masas, siempre cerrada a cualquier experiencia del arte que no esté basada en el placer. Por eso el hip-hop europeo nunca dio el salto al mainstream. El disco de Sonita no busca el placer sino la incomodidad de un discurso que habla de niñas vendidas para matrimonios forzados. Aquí hay rabia contra el miedo. Agresividad contra la tristeza. Esperamos que Sonita Alizadeh haya venido para quedarse.


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