• Raúl Cordero Núñez

Techno, Nietzsche y utopía


Nada es intrínsecamente político. La politización requiere de un agente que transforme en un terreno de batalla lo que se da por descontado.


Mark Fisher, "Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?"



Se ha parado el tiempo y no nos hemos dado cuenta. La posmodernidad es un presente continuo en el que se ha cancelado progresivamente el futuro (Berardi). Para cuando se sentenció el “fin de la historia'' el tiempo ya se había ralentizado y la posibilidad de crear novedades culturales era escasa. Hoy un disco pop producido en 2001 no suena retro, y eso es síntoma de una crisis. Si a mediados de los noventa la música de los ochenta, cinco años anterior, era ya “ochentera”, hoy en un plazo de veinte años la música permanece. Pero no como clásico, sino como fórmula. Se ha parado el tiempo porque el neoliberalismo y su capacidad de asimilación han cancelado la novedad. Toda novedad está abolida, lo que no deja de ser paradójico en este contexto de sobreestimulación. El mandato de la novedad en el capitalismo contemporáneo es productivo y deseante, no cultural. Nuevos productos, pero bajo el mismo cliché. Al final ha resultado que una cierta estabilidad vital es necesaria para la producción de novedades. La incertidumbre y la precariedad permanentes, junto con la sobreestimulación, dejan al sujeto exhausto e incapaz de asimilar o producir novedades de valor. Recluidos en la burbuja digital vivimos la novedad virtual en un tiempo detenido.


Quizás por eso lo postmoderno busca rupturas, hitos, anécdotas y no nuevos mundos o procesos; la singularidad y no el sentido crítico y complejo de la realidad. Y de este modo, la cultura puede fragmentarse, y el público segmentarse, en el lenguaje publicitario y de las redes sociales. Como bien dice Fredric Jameson, la cultura se ha convertido ella misma en su objeto. “La posmodernidad es esta desdiferenciación”. La desdiferenciación entre cultura y economía se realiza sobre la despolitización del arte y lo cultural. Bajo el mantra del arte puro e independiente, o del discurso del apoliticismo, se esconde la estrategia neoliberal de unión indisoluble entre cultura y economía. Probablemente la cultura de masas, con sus reality shows, los programas de “talentos” o sus crónicas del corazón es más política que nunca. Aunque es política bajo una premisa, la del receptor despolitizado. El emisor tiene claro, sin embargo, el grado de politización de la cultura de masas. Y aunque no fuera así, como decía Marx, a veces “no lo saben, pero lo hacen”.


Hay una segunda condición para la desdiferenciación de cultura y economía. ¿De qué hablamos hoy cuando decimos “cultura popular”? Ya no se trata de la cultura tradicional de un pueblo, diferenciada de la llamada “alta cultura” propia de la aristocracia. La denominada “música latina”, por ejemplo, es popular por ser de consumo masivo, aunque se produce en Estados Unidos, en base a modelos compositivos y de producción pop anglosajones, por parte de grandes corporaciones de la industria musical norteamericana. No tiene nada de popular en el sentido clásico del término (no es música de los latinos). No es una Sardana o una Jota, ni tiene que ver con la recuperación etnológica de la bachata. No es la música de un pueblo o un barrio. Este segundo proceso de desdiferenciación, en el que se confunde el consumo masivo con lo popular, es también una condición de la confusión político-cultural posmoderna. Es trágico. Hay un mandato de consumo de lo hegemónico para no ser considerado un anti-popular o un clasista, cuando lo hegemónico está, seguramente, tan separado de lo verdaderamente popular hoy como lo estaba la cultura aristocrática. Si no te gusta Bad Banny tienes que revisar una especie de elitismo. Pero, ¿qué tiene de popular en sentido estricto la música producida por la élite cultural del occidente capitalista?


Sin embargo, por debajo de lo visible, muchas veces fuera de foco, aparecen fenómenos culturales que subvierten esa desdiferenciación y re-politizan la cultura. No son siempre explícitos como lo fue la “canción protesta”, que de todos modos “siempre ha sido un modelo bastante pálido de lo que la música política puede ser” (Fisher). En un contexto de individualización extrema, la re-politización pasa por la constitución de comunidades y colectividades que pongan en riesgo el discurso del individuo neoliberal sobre la inexistencia de la sociedad (los vínculos comunitarios contradicen en la práctica el pensamiento único). También una deconstrucción del concepto de deseo o del correlato deseo-consumo-placer que rige como un imperativo la conducta del sujeto posmoderno. La apertura de posibilidades colectivas alrededor de comunidades culturales, una koiné en un logos que va más allá de la lengua compartida o el territorio que cada uno delimita como nación.


Un éxito del neoliberalismo ha sido imponer su lógica cultural y emocional, el posmodernismo, como colchón de su sistema económico. Sin el énfasis en el deseo, sin la transgresión como “categoría rectora del capitalismo” (Alicia Puleo), sin el desfondamiento del sujeto y la segmentación identitaria, todo el edificio económico se tambalea. El capital es hoy el gran modulador de nuestras emociones, y lo hace a través del arte y la cultura de masas.


Voy a plantear algo que a cierto marxismo ortodoxo puede desestabilizarlo, pero que conviene entender de buena fe. La relación entre lo social objetivado, cultural, político (superestructura) y la economía (base) no es unidireccional. La economía no produce la cultura. Necesita del estrato social objetivado de lo social para establecerse y consolidarse, a la vez que lo alimenta. Es una relación compleja y no causal, sino recíproca, lo que supone abordar las batallas culturales no sólo desde la política y para la política, sino también desde la cultura y para la cultura. ¿Es posible crear una comunidad política sin ser en alguna medida comunidad cultural?. Pensamos que no. Es inviable un proyecto político desacoplado de una cultura. Si la izquierda política quiere ganar batallas en lo político-económico tiene que reconectar con la cultura popular, que no de masas, sin caer en el elitismo de algunas vanguardias. Un reto difícil pero necesario. Huir del elitismo sin ser asimilado.


El fenómeno rave de finales de los 80 es un ejemplo de oportunidad perdida, de falta de conexión entre la izquierda política y la cultura popular. Mientras la derecha thatcherista entendió el potencial subversivo del fenómeno y se aplicó en su eliminación, la izquierda laborista lo despreció abiertamente. La persecución a la música electrónica y la cultura rave fue después de la derrota minera de 1986 la gran batalla de “orden público” a la que se aplicaron Thatcher y sus sucesores. La cantidad de energía gubernamental gastada en el proceso se explica en la medida en que los conservadores vieron en los multitudinarios encuentros de las afueras de Londres y otras ciudades un discurso práctico que desmentía la inexistencia de la sociedad. No existe sólo el individuo, aquí hay una rave. Thatcher entendió que para la consolidación del paradigma neoliberal hacía falta una “privatización psíquica”, romper con la idea de que podía recomponerse el concepto de interés general e impedir cualquier oposición al nuevo régimen emocional del individuo deseante. Como dice Simon Reynolds, en palabras de Fisher, “es un error hablar como si la música rave estuviera privada de emoción. La rave era una música saturada de afectos, pero estos no estaban asociados con el romance o la introspección. El giro introspectivo en la música post-dance del siglo XXI no fue entonces un giro hacia la emoción, sino un desplazamiento de la experiencia colectiva de los afectos a la privatización de las emociones”. El potencial subversivo del fenómeno rave era su capacidad de modulación emocional, una batalla que trata de librar el capital en solitario. Porque lejos de la idea de un capitalismo frío, racionalista y calculador, el capitalismo contemporáneo se levanta sobre la producción y modulación de emociones. Eso sí, privatizadas.


En otros eventos musicales los espectadores son receptores de un acontecimiento que sucede en el escenario. Por eso la distribución espacial y la distribución de la atención es unidireccional. Todo lo relevante ocurre en el escenario donde los músicos ejecutan. Sin embargo, en un evento techno, el DJ es un mediador que ejecuta lo necesario para disponer la música sobre la pista de baile, que es donde sucede el evento. La distribución de los participantes y de su atención no está dirigida hacia el DJ, sino, de forma dinámica, sobre el resto de participantes. Todo lo interesante se produce ahí, en la pista de baile. Incluso el juego de luces, que en un concierto “normal” está dispuesto para apuntar hacia el escenario, en un evento techno sale desde la cabina del DJ hacia el público, haciendo del DJ apenas una sombra y ayudando a crear el contexto del verdadero evento musical, que está sucediendo entre los participantes.


En el origen del fenómeno, mientras las clases medias se mantenían en las esfera de los clubes, los jóvenes ravers de clase trabajadora vestían ropas similares, anchas y deportivas. Compartían símbolos, como el smiley, que se convierte en un símbolo de la alternativa rave. La escena es acogida con benevolencia casi paternalista por algunos medios de comunicación: The Sun saca una línea de camisetas con smileys y califica la nueva escena de cool. En el verano de 1988, el fenómeno rave es tan masivo que protagoniza la noche alternativa londinense y se extiende a otras ciudades como Manchester. Empieza entonces a compararse el fenómeno con el verano del amor vivido en los años sesenta alrededor del rock psicodélico y el LSD. Pero esta sobreexposición tiene como consecuencia un cambio en la aproximación de los medios de comunicación al fenómeno. El propio The Sun, pocos meses después de sacar su oferta de camisetas, ya proclama “El mal del éxtasis”. Comienza una persecución que tendrá un punto tristemente célebre con la proclamación del Acta de Justicia Criminal y Orden Público de 1994 por la que se convierte en delito penal la reunión pública de personas para escuchar “música de ritmos repetitivos”, así como otras cuestiones relacionadas con la ocupación de espacios públicos y privados para reprimir penalmente el fenómeno. Tanta energía aplicada por el gobierno conservador, con el apoyo laborista que se abstuvo en la tercera votación para facilitar el Acta, no fue arbitraria. La práctica prohibición del techno en espacios públicos, un ataque directo a un género musical concreto, es posiblemente el golpe de autoritarismo más desesperado visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que la derecha sí se tomó en serio este fenómeno de enclasamiento popular.


Otras complejidades arrastraron al rave por derivas contradictorias, pero es innegable que funcionó a modo de catalizador cultural para la joven clase trabajadora post-sindical que había perdido sus referencias de clase pero seguía estigmatizada y excluida. La extrema derecha entendió aquello y consiguió introducir a muchos de estos jóvenes en las hinchadas de los clubes de fútbol en los años 90. La izquierda no quiso saber nada del asunto, a pesar de que el origen del fenómeno tuvo mucho que ver con un nuevo enclasamiento popular tras la crisis del laborismo.


Mientras tanto, el neoliberalismo ha sustituido el Estado del Bienestar por la Sociedad del Deseo; y esta sustitución en lo político ha tenido su correlato cultural y emocional con la transvaloración del deseo en derecho. El problema es que deseo y placer no son lo mismo y que, al final, el neoliberalismo ni siquiera nos da lo que promete. Este capitalismo del deseo que nos mantiene en un estado de estímulo constante nos deja literalmente exhaustos, como máquinas deseantes sin gasolina (ni fuentes renovables). Por eso Mark Fisher habla de estado de “hedonia depresiva”. Ya no se consume para saciarse, sino por imperativo y desde el convencimiento de que saciarse es imposible. Esta es la gran paradoja. El capitalismo del deseo se levanta sobre la certeza individual, aunque colectivamente no asumida, de la imposibilidad del placer, lo que nos empuja, y de ahí la paradoja, a un consumo potencialmente ilimitado. No vivimos en una extraña anhedonia, sino en un hedonismo depresivo. Porque la depresión, como nos recordaba Fisher poco antes de suicidarse, no es un estado mental sin más, es una “(dis)posición (neuro)filosófica”.


Pero por eso, porque el neoliberalismo postmoderno no da lo que promete, nosotros proponemos no oponernos al deseo sino desenmascarar su definición postmoderna y después reivindicar el placer y el bienestar como alternativa. Y por eso hemos encontrado en el techno y el rave un ejemplo de comunidad artística y cultural cuyo potencial político la izquierda no supo aprovechar. No lo traemos para tratar de conectarnos con lo que ya no va a volver, sino como experiencia de la que aprender siquiera una enseñanza sencilla: la izquierda política debe reconectar con la cultura popular y el arte alternativo y de vanguardia para contrarrestar las modulaciones emocionales que el neoliberalismo realiza a través del arte y la cultura de masas. Y, por qué no, para dificultar que el mercado termine asimilando cualquier alternativa y cualquier vanguardia, como ocurrió con la música electrónica (véase Ibiza).



Como Nietzsche, pensamos que una comunidad política debe ser primero una koiné cultural. Quizá la mejor utopía para una izquierda en retroceso sea hoy conectar con la cultura de su tiempo sin dejarse asimilar. Conectar y construir comunidad con quienes desde el arte y la cultura anticipan las emociones colectivas que necesitamos movilizar, pero sin incorporar de la élite académica o mediática las muletillas neoliberales que hemos agrupado con el nombre de “cultura woke”, y que incluyen desde el blanqueamiento de la extrema derecha islámica a la ideología queer. No es que C Tangana tenga nada de malo, es que no supone ninguna novedad cultural significativa, mientras en los circuitos underground de nuestras ciudades y pueblos hay mucha vida artística y cultural con la que hacer esas conexiones. Desde luego, no dejar que la derecha siga abanderando el futuro o la modernidad. Ni permitir que la cultura hegemónica redefina el concepto de “calle” o “barrio” hasta convertirlo en otro producto de mercado. Salir de la nostalgia, que también nos permite reivindicar la recuperación de las condiciones que en el pasado hacían posible la novedad y la esperanza, y no las novedades o las esperanzas concretas de ese tiempo pasado. Aunque esto último también tiene a la izquierda woke y sus “maestrillos” enfadados, porque supone admitir de una vez por todas que el proyecto posmoderno ha fracasado y debemos desandarlo; supone que podemos decir que en algunas cuestiones vitales estamos peor aunque en otras hayamos avanzado, sin que esto sea tildado de nostalgia reaccionaria. Mayo del 68 está agotado, por cierto, y su reivindicación directa o diferida sí es nostalgia.


Para un apátrida como Nietzsche, que murió sin nacionalidad, la comunidad era necesariamente una koiné en un logos que no es el idioma o el terruño. Y aparcando otras cuestiones nietzscheanas con las que estamos radicalmente en desacuerdo, hoy debemos plantearnos esta utopía. Lo que fue posible en la pista de baile, la confluencia mediada pero no dirigida de intereses hedónicos comunes, la organización de la dispersión, la concurrencia en la cultura, la autoorganización de colectivos y “sound systems”, considerarlas como condiciones de esa utopía. El techno y el rave no volverán, pero tenemos derecho a soñar las condiciones de una comunidad cultural alternativa al capitalismo del deseo y al individualismo desmedido, que desenmascare al “realismo capitalista” y pueda afirmar que el consumo desenfrenado de objetos, servicios o seres humanos, en realidad, no sacia el deseo ni produce placer. El capitalismo del deseo no da lo que promete. Nuestra comunidad cultural y política tiene ahí una brecha por la que abrirse camino.


33 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo