• Raúl Cordero Núñez

The peripheral: realidad, política y simulacro

Actualizado: 11 nov


Ya tenemos disponibles los primeros episodios de la serie The peripheral en Amazon Prime y nos vamos a animar con una reseña sin spoilers, porque le hemos encontrado algo de miga. No sabemos si la serie cumplirá las expectativas, por eso queremos aprovechar lo que nos sugiere como hipótesis en esos primeros episodios esta nueva distopía.


The Peripheral cuenta la historia de dos hermanos que ponen a prueba un simulador que permite entrar en un videojuego de realidad virtual. El grado de realidad que el simulador ofrece es tan alto, que a partir de ese momento lo que pasa dentro y fuera del juego se relaciona de forma inseparable. De fondo se esconde una trama que parece tener que ver con juegos de poder y con el acceso a secretos tecnológicos valiosos. Pero no hay un poder central, y en esto vemos una superación del distopismo posmoderno tendente a apuntar al poder centralizado del estado. Si en algo fracasan ficciones como “V de vendetta”, por ejemplo, es en su carácter nostálgico de un enemigo total (las instituciones) que ya no existe. Tampoco sabemos si hay detrás una megacorporación o más bien una multiplicidad de poderes descentralizados. Se trata ya de una ficción ¿transmoderna?, y como tal, la atraviesa un pesimismo coherente con la lenta cancelación del futuro operada en la posmodernidad. En realidad, en el orden social que nos ofrece esta serie ha desaparecido la política, quizás por las razones que nos apunta Berardi en su “Fenomenología del fin”. “Como resultado, la falta de efectividad en la acción política se debe esencialmente a un cambio en la temporalidad: en las condiciones de aceleración y complejización de la infoesfera, la razón y la voluntad ya no pueden procesar ni decidir en el tiempo”. La velocidad de la infoesfera hace imposible la política y por eso ll lugar de la historia y la política lo han ocupado la evolución y la tecnología. Por eso los dilemas que nos conciernen políticamente en esta serie se presentan como evolución ciber-humana, paradoja temporal, o desestabilización identitaria. La adaptación política se expresa en implantes subcutáneos y tecnologías de mente colmena. “Si el humano es el animal que moldea el entorno y este, a su vez, moldea su propio cerebro, el efecto enjambre es entonces el resultado de la transformación humana de su entorno tecnológico, que conduce finalmente a la subyugación del comportamiento mental”. Hay mucho de esto en The Peripheral.


La serie conecta dos tiempos y espacios diferentes en un juego en el que no está clara la relación que estos tiempos y espacios tienen entre sí. Pero ninguno de estos tiempos es nuestro presente (ambos son futuros). Y ninguno de los espacios se corresponde fielmente con nuestra realidad contemporánea, aunque se parezcan mucho. No obstante, estas dos formas puras de la percepción (según Kant), espacio y tiempo, son problemáticas desde hace siglos. Desplazarlos como lo hace la serie nos ha motivado bastante a seguir viendo capítulos. Independientemente de cómo lo resuelvan al final, nos abren ya algunas reflexiones sobre nuestro mundo real.


Una de ellas es que el tiempo como fenómeno lineal ha colapsado hace décadas, quizás junto con el fordismo y sus líneas de producción en cadena. Hoy la relación del sujeto y la sociedad con el tiempo es más difusa, problemática. No existe un Tiempo con mayúscula sobre el que pueda trazarse una línea para comparar después sus alteraciones, lo que conlleva una relación paradójica que el neoliberalismo aprovecha para someternos a una tiranía del presente ("el fin de la Historia"). Entre el imperativo de la novedad y la permanente repetición de lo mismo, el tiempo posmoderno parece un nudo o una constante frustración ontológica. Esto abre dos riesgos importantes. Uno en relación a la nostalgia, porque la manera que tiene una sociedad de relacionarse con el pasado tiene enormes consecuencias políticas, como la idealización de tiempos anteriores. Pero también otros riesgos, no menores, con la necesidad de validación acrítica del presente para no ser un “carca” o un “boomer”. Nos encontramos entre la espada y la pared: por un lado, la presión de la validación acrítica para evitar la acusación de neo-rancios; por otro, la huida hacia tiempos pasados aparentemente mejores. Y en esta forma de temporalidad política el mercado se mueve muy bien por razones que ya hemos comentado en otra parte.


En cualquier caso, ya no es posible imaginar el futuro si no es como distopía tecnológica. Pero no como el despertar de un ordenador central al estilo de Skynet (Terminator) o Hal 9000 (2001: una odisea en el espacio), sino como una derivada natural de los sistemas a los que ya hoy cedemos voluntariamente la capacidad de control y provisión de nuestras necesidades, percepción del mundo y gran parte de nuestro tiempo (aplicaciones móviles, videojuegos, pero también sistemas de control de la salud, etc). Hoy son las tecnologías las que, en buena parte, gobiernan los procesos y ritmos de la vida humana y no al revés. Por eso la distopía no es la rebelión de una Skynet que cobra conciencia de su papel subalterno. Por eso las nuevas distopías como The peripheral proyectan el tiempo plegado sobre el presente. Es así también en otras ficciones como “Free guy” o “Ready player one”, que componen un estándar contemporáneo en la ciencia ficción. En este sentido, The Peripheral acierta al no tener nada de original. Su mensaje también coincide con este gran discurso del realismo capitalista que nos incita a pensar que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.


Lo anterior supone un cambio y a la vez una vuelta a las tesis de la modernidad. Si el sujeto trascendental moderno era una especie de filtro que daba forma a la realidad que percibía, bajo el tecnologismo trascendental, las tecnologías son las que imponen de manera universal las formas de la percepción y del entendimiento. Median y homogeneizan la manera en que vemos el mundo. En lugar de las estructuras mentales del sujeto moderno están los algoritmos que las grandes corporaciones han diseñado (o comprado a pequeñas start ups) como mediadores entre las cosas en sí y los fenómenos que percibe el sujeto. Pero, al igual que en el sujeto kantiano, existe una distancia infranqueable entre lo percibido y el mundo real, que es inaprensible. Por eso se trata de un cambio y al mismo tiempo de una vuelta hacia atrás: se sustituye al ser humano por la máquina, pero sigue habiendo una mediación, un filtro, entre el mundo real y lo que vemos.


Y si en relación al tiempo esto significa un plegado constante sobre el presente que cancela el futuro, en relación al espacio, o a la extensión o materialidad del mundo, la paradoja se pliega en los límites borrosos entre lo real y lo virtual: ya no hay un original y una copia, sino dos simulacros (Deleuze). Vivimos mediados por la tecnología hasta el punto de que no hay un "afuera" (¿la realidad política es twitter o el Congreso de los diputados?). Los límites se han borrado. La cosa en sí es inaccesible. Un aspecto que la serie puede explotar es esta incertidumbre acerca de qué realidad es la original y cuál la copia. ¿Cuál es el espacio-tiempo original de los personajes de la serie y cuál es su futuro o pasado? Lo interesante, en mi opinión, es que no es posible determinarlo, porque una vez transferida la mediación del mundo a la tecnología, ficciones humanas como el pasado o el futuro quedan abolidas. En este juego espacio-temporal, The peripheral pone el dedo en la llaga sobre una de las consecuencias del tecnologismo trascendental: si nuestra experiencia del mundo va a estar totalmente mediada por la tecnología, entonces el tiempo y el espacio no existen. O existen como simulacro.


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